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miércoles, 18 de marzo de 2020

The Last Bookstore


Nos cuenta el periodista de modas y viajes Mark Bloofeld de la revista GQ:

Las playas de Malibú y Venice Beach, la típica excursión a Universal Studios, un paseo por Rodeo Drive con almuerzo obligado en The Cheesecake Factory o una noche de tragos en los barcitos emblemáticos de West Hollywood son parte de la típica propuesta de cualquier turista que visita Los Ángeles. Pero, ¿hay algo más aparte del sol, la playa, las palmeras y el estilo relajado de la west coast estadounidense? La última vez que visité Los Ángeles, hace menos de un año, unos amigos locales me dijeron: “Te vamos a llevar a la mejor librería del mundo”. En principio no acredité que la tierra prometida del bronceado, el fitness y la comida orgánica pudiera albergar una propuesta tan poco atlética como la lectura. Me equivoqué, pues al ingresar en The Last Bookstore me sentí más en alguna ciudad medieval de Europa que en la capital de los autos convertibles.




Allí donde antiguamente funcionaba un banco, en un edificio histórico con columnas de mármol y puertas inmensas, se erige una librería que se desempeña como polo cultural y punto de encuentro para la comunidad intelectual del downtown de LA, convirtiéndose también en un sitio turístico obligado para bibliófilos y gente equis que simplemente quiera tomar una foto para su Instagram posando entre los laberintos de libros que invaden el primer piso.




Una reseña en la revista Time Out bastó para que algunos “influencers” fueran a sacarse fotos en el icónico túnel de libros que parece escenográfico pero contiene títulos reales –luego de eso, la comunidad local comenzó a protestar porque el lugar parece más un sitio turístico que el tradicional punto de encuentro entre lectores y escritores–. El artículo en cuestión decía así: “Es actualmente la librería independiente más grande de California. Allí se pueden comprar, vender o intercambiar libros nuevos y usados, elegir un disco o tomar una taza de café. También es posible asistir a su ciclo de eventos, que incluye lecturas, firma de libros, grupos de escritores, noches de música abierta y conciertos. Es un gran hotspot para la comunidad, agrupando gente con intereses literarios similares para crear, inspirarse y compartir experiencias en un ambiente abierto que siempre nos da la bienvenida”.




Esto es real. Cuando visité la librería me encontré con una tertulia o presentación de algo en la planta baja, llena de hipsters que escuchaban atentos a una joven de estilo boho chic entonando suaves melodías acompañada de su guitarra. Cuando terminó de cantar, otra chica (que más tarde supe que era una escritora bastante respetada en el ambiente local) se puso a hablar de su libro y después abrió la presentación a las típicas preguntas del público. Todos terminaron charlando y tomando vino en la cafetería del lugar, que durante el día sirve lattes que pueden llevarse en la mano (no está prohibido pasearse por ahí con un café, como en varias cadenas de librerías) mientras buscamos libros usados de un dólar en el primer piso y revolvemos vinilos de colección en la planta baja del enorme edificio.





Terminé comprando el libro The Happiness Effect (El efecto felicidad), de Donna Freitas, por la módica suma de cinco dólares, y luego en la sección “para escritores” encontré todo tipo de títulos sobre gramática, estilo literario y el curioso How to Write a Novel (Cómo escribir una novela), de la serie Guía para Idiotas. Todo por menos de tres o cuatro dólares. Luego de pagar mis libros hice lo que había que hacer: subí al entrepiso, posé en la inmensa pared de libros con un agujero redondo para meter la cara, me saqué la foto, la subí a Instagram con la leyenda “Amor por los libros” y obtuve la considerable suma de 600 y pico de likes.
Nada mal para un micro-influencer, ¿verdad?




Dirección: 453 South Spring St, Los Ángeles, 90013

Web: lastbookstorela.com

martes, 9 de abril de 2019

Tecnofilia versus Tecnofobia: el nuevo campo de batalla cultural

La Web, las redes y los aparatos inteligentes dividen la época en dos: los apóstoles de la conectividad y los voceros de sus efectos oscuros



En el auditorio de uno de los templos tecnológicos más influyentes del mundo, un puñado de infieles dispara contra los nuevos dioses: la santísima Internet, los omnipresentes (y omniscientes) celulares, los robots y todo aquello que huela a tecno. Empujadas por catapultas, las sentencias de estos herejes se estrellan contra los muros internos del MediaLab del MIT, en Cambridge, Estados Unidos, donde la tecnología es magia y la innovación, un mandamiento. La audiencia aplaude, celebra el coraje de decir lo que no se dice, aquello que en silencio aguarda por detonar debajo de la superficie de los mensajes publicitarios que nos envuelven con sus imágenes y promesas de felicidad, confort, una vida hiperconectada, plena y llena de corazoncitos.
Sherry Turkle y Nicholas Carr son los representantes de una resistencia conformada por psicólogos, periodistas, sociólogos, historiadores y antropólogos que, en minoría, le hacen frente desde sus libros, charlas y artículos al gran relato tecnofílico moderno que empuja eternas revoluciones, el dominio de "lo último" y la falsa creencia de que más tecnología es la prescripción médica para la solución de todos nuestros problemas.
Cuando la Web nació en 1993 no sólo vino al mundo empujada por el frenesí de lo nuevo. La acompañó la esperanza de un mundo para armar. En sus comienzos, el ciberespacio fue visto y vendido por los líderes tecnológicos como una tierra prometida. Se le describía en términos místicos como el reino en el que nos liberaríamos de las cadenas de nuestra mente para trascender de nuestros cuerpos y convertirnos, en palabras del arquitecto Nicholas Negroponte, en seres digitales, nuevos ángeles hechos de átomos y bits.
Con el cambio de siglo, Silicon Valley vendía más que gadgets y software. En realidad, en cada objeto que cautivaba nuestro deseo se escondía un virus, una ideología. La retórica milenarista se aceleró con la llegada de la Web 2.0. "Estamos entrando en un nuevo mundo -se regodeaba el tecnogurú Kevin Kelly en la nota de tapa de la revista Wired de agosto de 2005-, impulsado no por la gracia de Dios sino por «la electricidad de la participación». Será un paraíso a medida, fabricado por los usuarios".
Como recuerda Carr, autor de libros como Superficiales, Atrapados y el más reciente Utopia Is Creepy, la panacea era la virtualidad, la reinvención y redención de la sociedad en código. Pero a medida que la Web maduró, estos sueños estallaron en mil pedazos. La Red terminó siendo más un shopping, un basurero de comentarios cargados de odio y un anfiteatro del yo que una comuna de iguales. En lugar de instaurar un mundo abierto e igualitario, promueve una cultura de la intolerancia. "Internet, prometían los tecnoevangelistas y millonarios de Silicon Valley, era la respuesta -señala el inglés Andrew Keen, autor de Digital Vertigo-. Pero a medida que conecta a todos y todo en el planeta queda en evidencia que se basa en una mentira. Nos dicen que es social, que crea comunidades. Pero en verdad hace lo contrario: nos aliena, separa a personas de diferentes opiniones y culturas. Las redes sociales son en realidad plataformas del yo: la más clara manifestación de esto es nuestra obsesión con las selfies, la forma cultural de Internet. En nuestras mentes, somos el centro del universo. Todo gira a nuestro alrededor".



En su libro The Internet Is Not the Answer, este emprendedor va más allá: "En vez de impulsar un Renacimiento, creó una cultura del voyeurismo y narcisismo. En lugar de hacernos felices, está agravando nuestra bronca. En lugar de generar más puestos de trabajo, la disrupción digital está haciendo colapsar a la prensa. En lugar de crear una mayor competencia, ha creado monstruos monopolistas como Google y Amazon. En lugar de crear transparencia, crea un panóptico de información y vigilancia como Facebook. Internet no es la respuesta: es en realidad la pregunta central en nuestro mundo conectado del siglo XXI".

Pulgares rotos

La presión escapa por las grietas del mundo feliz pintado por los caudillos digitales como Mark Zuckerberg y el Truman Show alentado por el llamado gadget journalism, extensión de campañas de marketing de empresas como Apple, que venden celulares y chiches como espejitos de colores. Se plasma también en series como Mr. Robot, Black Mirror y la sueca Real Humans o en A Moon Shaped Pool, el más reciente álbum de Radiohead.
Habitamos una distopía. Lo sentimos en nuestros pulgares, en nuestra falta de atención y en la necesidad de ser estimulados constantemente. ¿Esto era el futuro? Poco a poco, nos damos cuenta: las tecnologías nos transforman por fuera y por dentro.
La comunidad intelectual sintió también este cimbronazo. En los últimos 20 años, se fracturó en dos: los tecnofílicos por un lado y los tecnoescépticos por el otro. A través de eslogans pegadizos y con aire de frases de galletitas chinas de la fortuna, los primeros -Kevin Kelly, Clay Shirky, Nicholas Negroponte, Ray Kurzweil, Chris Anderson- difunden con una fe casi religiosa en la tecnología y una desconfianza igualmente ferviente en los seres humanos una visión utópica, una narrativa triunfalista de la Web que alienta el consumo desenfrenado y que empuja a miles a hacer colas para adquirir un teléfono que no necesitaban hasta que alguien les dijo que sí.
En cambio, los segundos, descendientes del sociólogo Lewis Mumford y Marshall McLuhan, van más allá de las apariencias tecnológicas, rascan la superficie para ver su verdadera cara. "Las computadoras y demás tecnologías son más que meras herramientas que operan en el mundo exterior -dice Nicholas Carr-. Nos modifican por dentro, alteran nuestras percepción del mundo y lo que el mundo significa para nosotros. Sucedió con el reloj mecánico que cambió nuestra forma de aprehender el tiempo. O con el mapa que alteró la forma en que pensamos".



En esta era de conectividad constante, estamos siendo moldeados por nuestro nuevo ecosistema informativo. Como tecnologías intelectuales, las computadoras, celulares y demás dispositivos son nuestras herramientas más íntimas, las que usamos para dar forma a la identidad personal, para cultivar nuestras relaciones con los demás. Al ofrecer una reducción de nuestra carga de trabajo, una vida mas cómoda, mayor confort, las tecnologías -automóviles autónomos, robots, pilotos automáticos en los aviones, el GPS, los mapas digitales, los buscadores, los algoritmos predictivos- nos vuelven más perezosos. "¿Y si el costo de tener máquinas que piensan es tener gente que no?", preguntó el historiador de la tecnología George Dyson.

La atrofia de la empatía

En 1989, el escritor J.G. Ballard dijo en una entrevista que se pensaba a sí mismo como un "escritor de precaución", alguien destinado a alarmar sobre los problemas que se avecinaban. Lo mismo se puede pensar de la ciberpsicóloga Sherry Turkle, la autodenominada oveja negra del MIT. "Estamos cada vez más conectados y al mismo tiempo más solos -dice la autora de The Second Self y Alone Together-. Las relaciones se redujeron a conexiones. Acudimos a nuestros teléfonos en lugar de a un semejante. Y eso ocurre porque los celulares nos conceden tres deseos: que siempre nos escucharán, que nunca estaremos solos y que nunca nos aburriremos. Ya no sabemos lo que estar solos con nuestros propios pensamientos".
En su último libro, Reclaiming Conversation, Turkle señala que las computadoras ofrecen la ilusión de compañía sin la demanda de la amistad o intimidad. "Corroen la empatía. Nos hemos olvidado lo que es conversar. O mirarnos cara a cara -dice-. La mera presencia de un celular sobre la mesa altera el contenido de una conversación. Mi argumento no es antitecnología. Sino comprender los profundos efectos que tiene sobre nosotros."



Además de instaurar una nueva sensibilidad, las tecnologías digitales forjan una nueva forma de ser en el mundo. Para el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, las redes sociales han transformado la esencia misma de la sociedad. Ha nacido una nueva masa: el "enjambre digital", formado de individuos aislados, incapaces de desarrollar un "nosotros" capaz de una acción común. El homo digitalis se indigna, teclea, silencia,unfollowea pero no hace. Se expone y solicita la atención y la validación del otro a través de corazoncitos y likes. Es un performer. "El smartphone hace las veces de un espejo digital para la nueva edición posinfantil del estadio del espejo -escribe en En el enjambre-. Abre un estadio narcisista, una esfera de lo imaginario, en la que yo me incluyo. A través del smartphone no habla el otro."
Libres de las máquinas de la era industrial, volvemos a ser explotados ahora por los artefactos digitales que transforman todo lugar y tiempo en trabajo. Ya no podemos escapar. "Se está perdiendo la convicción de que la tecnología debería servir a las personas. Ahora las personas sirven a la tecnología -señala Jaron Lanier, autor de No somos computadoras-. Ha llegado el momento de preguntarse: ¿estamos creando la utopía digital para las personas o para las máquinas?".

Hay que destruir la Red

"En el futuro, las personas no dedicarán tanto tiempo a hacer funcionar la tecnología porque no tendrá fisuras. Simplemente, estará allí. La Web lo será todo y, al mismo tiempo, no será nada. Si lo hacemos bien, creo que podemos solucionar todos los problemas del mundo". Las palabras del presidente ejecutivo de Google, Eric Schmidt, expresan lo que el escritor bielorruso Evgeny Morozov llama el "fetichismo solucionista", es decir, una convicción mística de que sólo la tecnología nos hará libres y mejorará todo (desde el crimen a la corrupción, la contaminación, la obesidad y la manera en que votamos). "¿Acaso necesitamos un robot para preparar un pavo relleno o asar un cordero?", se pregunta en La locura del solucionismo tecnológico.



En estos términos, Internet es inalcanzable. Y cuestionarla, una herejía. Por eso hay que faltarle el respeto. Bajarla del pedestal en el que la hemos puesto, dejar de verla -como proponen Kevin Kelly y Nicholas Negroponte- como una fuerza indomable de la naturaleza, un organismo emergente y autónomo, independiente de los humanos. Recién ahí, cuando la veamos como lo que es -la primera construcción global de la humanidad, una megamáquina capaz de achicar el mundo y escabullirse debajo de nuestra piel- podremos arreglarla. Y también, por un momento, desconectarnos, apagar las pantallas y atrevernos a decir "ahora no".


viernes, 13 de marzo de 2015

El Apocalipsis Digital



Vinton Cerf, inventor de Internet junto con Bob Kahn, tiene un punto de vista calificado e importante, cuando advierte sobre el cataclismo digital en ciernes. Documentos, correos, imágenes, videos, blogs y la Web en general van a perderse irremediablemente, como devoradas por un agujero negro, sentenció en Febrero del 2015 en la reunión anual de la Asociación Norteamericana para el Avance de las Ciencias. ¿La razón de esta Gran Extinción Digital? Que los programas que usamos para acceder a tales documentos van a volverse obsoletos muy pronto. Cerf llama a este proceso bit rot (putrefacción de los bits), y anticipa que por lo menos perderemos la información de una generación, si no de un siglo. "Los primeros pasos de la humanidad en el mundo virtual se perderán para los historiadores del futuro", asegura.

Esta preocupación no es nueva en el repertorio de Cerf. En el último párrafo de un artículo que publicó hace más de siete años en la revista del Instituto de Ingeniería Eléctrica y Electrónica, imaginó a un individuo que, en el año 3000, trata de leer una presentación de PowerPoint 1997 usando la última versión de Windows. Cerf se pregunta entonces cómo lograr semejante prodigio. ¿Tendremos que preservar todos los programas usados para crear esa información? ¿Habrá que retener también los antiguos sistemas operativos? ¿Harán falta emuladores del hardware?



Mil años pueden parecer una enormidad. Lo son, de hecho. Pero hasta mediados del siglo XX, nuestros registros fueron preservados en sustratos capaces de tolerar esos abismos de tiempo, y más. La arcilla de los sumerios, el papiro egipcio, el pergamino de los romanos, el papel de vitela de la Edad Media, incluso nuestra cotidiana celulosa nos han permitido reconstruir la historia humana con lujo de detalles. Las fotos y el cine sumaron sus invaluables testimonios en el también confiable acetato.
A partir de la digitalización se vino a producir una paradoja, que tiene al menos dos facetas. Por un lado, se simplificó la producción de documentos. Pasamos del rollo con escasas 24 o 36 fotos a cámaras capaces de almacenar miles de imágenes. De la tosca y centenaria máquina de escribir nos mudamos al veloz, dúctil e incansable procesador de texto. También recuperamos documentos antiguos, escaneándolos o digitalizándolos mediante OCR.
Por otro lado, sin embargo, para reproducir estos documentos digitales deben intervenir tecnologías complejas. Mientras la página impresa no necesita computadora ni Windows, un simple documento de Word, un MP3 y cualquiera de las fotos que sacamos a diario exigen cerebros electrónicos y software para revelarse. De otro modo, son simples cadenas numéricas sin sentido.


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"Estamos tirando todos nuestros datos despreocupadamente a un agujero negro sin darnos cuenta", alerta el veterano matemático e ingeniero en sistemas. En el corazón del problema está que las máquinas y programas que usamos hoy serán en 20 años piezas de museo. ¿Cuántas computadoras nuevas pueden hoy leer un disquete? Ninguna. Fue abandonado en 2003. El CD y el DVD están transitando un lento pero inexorable eclipse.
Luego están los formatos de archivos. Los JPEG son hoy los reyes, pero el día menos pensado se convertirán en una rareza. Las bases de datos -estructuras fundamentales de nuestra época, pese a que nos resultan en general invisibles- también pueden envejecer, lo mismo que los sistemas operativos (Windows, Mac, Android, Linux y sigue la lista). Casi todos hemos experimentado el calvario de pasar los datos de una agenda digital a un smartphone. Fue sólo el comienzo.
Al ominoso escenario se añade el que muchas de las tecnologías usadas para producir y reproducir la documentación de nuestro tiempo son propietarias. Si la compañía detrás de estos protocolos desaparece o si esa tecnología es discontinuada, las posibilidades de acceder a los datos se reduce en consecuencia.
No obstante, hay una luz de esperanza. Aunque parece presuroso, el proceso de obsolescencia es paulatino y los formatos y medios más populares (los JPG, pongamos) quizá puedan actualizarse a tiempo, antes de caer en el olvido.

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Cerf, quien comparte el título de Padre del Internet con el actual vicepresidente de Google Bob Kahn, aseguró durante una conferencia de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia que la magnitud del problema es mayor de lo que se piensa. De continuar sin tomar medidas, en un futuro las nuevas generaciones no tendrán un registro histórico del siglo XXI.

La llegada de dicha “era oscura digital” ocurrirá cuando el hardware y software actual se vuelvan obsoletos, hasta el punto en que la información almacenada sea imposible de recuperar. “Es algo que me preocupa mucho. En cierta medida, ya lo estamos viviendo. Ya no podemos abrir los documentos o presentaciones creados en formatos viejos con la versión más reciente de nuestro software, porque la compatibilidad con sistemas y aplicaciones anticuados no está garantizada. Y lo que puede ocurrir con el tiempo es que, aunque acumulemos vastos archivos digitales, terminemos por no saber qué contienen”, dijo Cerf en una entrevista para la BBC.


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De cara al futuro, Cerf se ha propuesto la tarea de desarrollar una herramienta y/o método capaz de preservar dicha información, de modo que actúe como una imagen de rayos X tanto del contenido, la aplicación y el sistema operativo, así como la descripción del equipo disponibles en la nube. “La clave aquí es que, cuando mueves los bits de un sitio otro, aún sabrás cómo desembalarlos para interpretar las diferentes partes correctamente. Esto será posible si estandarizamos las descripciones”, aseguró Vinton Cerf. “Y ese el asunto central aquí: cómo asegurar que en un futuro lejano estos estándares se sigan conociendo y que se pueda interpretar las fotografías de rayos X construidas con cuidado.”


martes, 30 de septiembre de 2014

Los Cerebros del Hombre y la Mujer son Diferentes



Las diferencias en el cerebro entre hombres y mujeres son controversiales en el mundo científico. El doctor Michael Mosley, conocido divulgador científico de origen británico, investigó para la BBC cuánto sabemos realmente sobre este tema. A continuación compartiremos con ustedes algunos de los datos que recabo, y una revelación inquietante: los cerebros de las mujeres son bastantes diferentes a los de los hombres.
Según los dichos del mismo Mosley:
“¿Qué tanto del comportamiento femenino y masculino está impulsado por diferencias en el cerebro?
Esta es una pregunta explosiva y la experta Alice Roberts y yo tenemos opiniones diferentes sobre la respuesta.
Yo creo que nuestros cerebros, como nuestros cuerpos, están formados por la exposición a las hormonas en el vientre materno.
Y esto puede ayudar a explicar por qué los hombres tienden a hacer mejor algunas tareas (leer mapas, por ejemplo), mientras que las mujeres tienden a hacer mejor otras (como las que implican empatía).
Aunque, por supuesto, también hay mucha presión social involucrada.



Por su parte, Roberts piensa que estas diferencias son en gran medida falsas, que son resultado de la forma en que se realizan los estudios y las pruebas.
A ella le preocupa que tales afirmaciones puedan desalentar a las niñas que quieren dedicarse a la ciencia.
Y eso en un mundo en que las mujeres científicas aún son minoría y en que los hombres siguen ganando más que las mujeres.
Por eso, para el programa BBC Horizon exploramos la ciencia y las investigaciones que apoyan nuestras diferentes visiones. Pero también buscamos lo que nos hace coincidir.”
Uno de los científicos que más ha influenciado las afirmaciones de Mosley es Simon Baron-Cohen, de la Universidad de Cambridge.
Él sugiere que, en términos generales, hay dos "tipos de cerebro" diferentes.
Están los que empatizan, que son buenos para identificar cómo se siente o piensa otra persona, y los que sistematizan, que están más interesados en tratar de desmontar y analizar sistemas.
Todos somos una mezcla de los dos, pero la mayoría de nosotros somos más de un tipo que de otro.
Los hombres tienden a estar más cerca del extremo que sistematiza, y las mujeres más cerca del extremo empático, cosa que estudios de la Universidad de Cambridge han demostrado en un 85%.



¿Pero esto es simplemente producto del condicionamiento social? Baron-Cohen cree que no, que la exposición a diferentes niveles de hormonas en el vientre puede influenciar el cerebro y el comportamiento posterior.
Algunos de los hallazgos más interesantes provienen de una investigación en curso que examina a un gran grupo de niños que han sido observados desde antes de su nacimiento.
A las alrededor de 16 semanas de gestación, las madres de esos niños se sometieron a una prueba de amiocentesis, que implica la obtención de muestras de fluido del útero.
Los investigadores midieron los niveles de testosterona en el fluido y descubrieron fascinantes vínculos entre esos índices y el comportamiento.
"Cuanto más alta fue la testosterona prenatal de los niños", refiere Baron-Cohen, "más lentos fueron para desarrollarse socialmente. Por ejemplo, mostraron menos contacto visual para su primer cumpleaños".
También tuvieron un vocabulario más reducido antes de los 2 años y mostraron menos empatía al alcanzar la edad escolar.
Por otra parte, Baron-Cohen observó que estar expuesto a altos niveles de testosterona en el útero parece aumentar algunas habilidades espaciales.
"Los niños con niveles más altos de testosterona prenatal fueron más rápidos para identificar formas específicas escondidas en un diseño".



Otras evidencias de las diferencias entre los cerebros femenino y masculino surgen de un estudio publicado en la revista especializada Proceedings de la Academia Nacional de Ciencia de EE.UU., que investigó cómo se comunican entre sí las diferentes partes del cerebro humano.
Científicos de la Universidad de Pensilvania escanearon los cerebros de 949 hombres y mujeres, con edades de entre 8 a 22 años, y encontraron algunas diferencias sorprendentes.
Según Ruben Gurr, uno de los autores del estudio, los hombres mostraron conexiones más fuertes entre la parte delantera y la parte trasera del cerebro, lo que sugiere que son "más capaces de conectar lo que ven con lo que hacen, que es lo que necesitas hacer si eres un cazador. Ves algo, y debes responder de forma correcta".
Las mujeres, por otro lado, tenían más conexiones entre el hemisferio derecho e izquierdo del cerebro.
De acuerdo con Ragini Verman, otro de los investigadores de este trabajo, "el hecho de que puedas conectar diferentes regiones del cerebro significa que debes ser bueno para hacer varias tareas simultáneas y puede que seas mejor para las que implican emociones".
Pero como Alice Roberts señala, este estudio en particular ha generado críticas, e incluso si es verdad que nuestros cerebros están conectados de forma diferente, eso no prueba que sea algo innato.



El cerebro humano es extremadamente maleable, particularmente durante la adolescencia, y cualquier diferencia que se observe puede simplemente ser producto de la presión social y la tendencia a estereotipar, afirma Roberts.
Mosley agrega al respecto: “Revisamos muchos estudios fascinantes que pueden usarse para apoyar la opinión de Roberts o la mía, pero lo que nos sorprendió a ambos es el poco progreso que se ha logrado en la investigación sobre las diferencias de sexo en áreas como el dolor.
Sabemos que las mujeres experimentan más dolores crónicos que los hombres, pero es menos probable que se sometan a tratamiento.
También sabemos que los hombres responden mejor a algunos analgésicos (paracetamol), mientras que las mujeres responden mejor a algunos opiáceos.”
Según el experto Jeff Mogil, de la Universidad McGill, en Canadá, esto se debe a que hombres y mujeres procesan el dolor de forma diferente.



Hasta ahora gran parte de la investigación básica se ha hecho con animales machos, pero Mogil dice que en el futuro se crearán nuevos fármacos diseñadas específicamente para hombres o mujeres.
Así que quizás veremos píldoras de analgésicos rosas para chicas y azules para chicos.
Finalmente, algo que es inobjetable es como el pensamiento de los “machos” y las “hembras” ha cambiado con el advenimiento del “nuevo siglo” y tiende, lentamente pero con firmeza, a alejarse de los tan peligrosos “ismos”…
Al hablar de “ismos”, nos estamos refiriendo tanto del esclavizante y brutal Machismo, como del no menos histérico y negativo Feminismo.
Para ejemplificar nuestro punto de vista, alcanza con citar a dos mujeres, consideradas “fuertes” y/o “feministas”, que reniegan de este “ismo” pero también arremeten contra el despreciable machismo: Emma Watson y Shailene Woodley.



Watson, en parte de su discurso ante las ONU, bajo el marco de la campaña por la igualdad de géneros “HeforShe”, nos refirió: 
Hoy estamos lanzando una campaña llamada HeForShe (ÉlPorElla). Me dirijo a ustedes porque necesitamos de su ayuda. Queremos terminar con la inequidad de género y, para hacerlo, necesitamos que todos se involucren. Esta es la primera campaña en su tipo en las Naciones Unidas. Queremos tratar de movilizar a cuantos hombres y niños podamos para que sean agentes de cambio, y no sólo hablar de ello. Queremos tratar de asegurarnos de que sea algo tangible.



Fui designada como Embajadora de Buena Voluntad de ONU Mujeres hace seis meses, y mientras más hablé sobre feminismo, más me di cuenta de que luchar por los derechos de las mujeres muy a menudo es sinónimo de odio hacia los hombres. Si hay algo de lo que estoy segura, es de que esto debe terminar.”


Por su parte Woodley, la protagonista de la exitosa película “Bajo la misma estrella” declaró recientemente, para indignación de unas cuantas “¿Soy feminista? No, porque amo a los hombres. El mundo necesita balance entre los géneros; las cosas no funcionarían si los hombres cayeran y las mujeres tomaran el poder”.