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martes, 9 de abril de 2019

Tecnofilia versus Tecnofobia: el nuevo campo de batalla cultural

La Web, las redes y los aparatos inteligentes dividen la época en dos: los apóstoles de la conectividad y los voceros de sus efectos oscuros



En el auditorio de uno de los templos tecnológicos más influyentes del mundo, un puñado de infieles dispara contra los nuevos dioses: la santísima Internet, los omnipresentes (y omniscientes) celulares, los robots y todo aquello que huela a tecno. Empujadas por catapultas, las sentencias de estos herejes se estrellan contra los muros internos del MediaLab del MIT, en Cambridge, Estados Unidos, donde la tecnología es magia y la innovación, un mandamiento. La audiencia aplaude, celebra el coraje de decir lo que no se dice, aquello que en silencio aguarda por detonar debajo de la superficie de los mensajes publicitarios que nos envuelven con sus imágenes y promesas de felicidad, confort, una vida hiperconectada, plena y llena de corazoncitos.
Sherry Turkle y Nicholas Carr son los representantes de una resistencia conformada por psicólogos, periodistas, sociólogos, historiadores y antropólogos que, en minoría, le hacen frente desde sus libros, charlas y artículos al gran relato tecnofílico moderno que empuja eternas revoluciones, el dominio de "lo último" y la falsa creencia de que más tecnología es la prescripción médica para la solución de todos nuestros problemas.
Cuando la Web nació en 1993 no sólo vino al mundo empujada por el frenesí de lo nuevo. La acompañó la esperanza de un mundo para armar. En sus comienzos, el ciberespacio fue visto y vendido por los líderes tecnológicos como una tierra prometida. Se le describía en términos místicos como el reino en el que nos liberaríamos de las cadenas de nuestra mente para trascender de nuestros cuerpos y convertirnos, en palabras del arquitecto Nicholas Negroponte, en seres digitales, nuevos ángeles hechos de átomos y bits.
Con el cambio de siglo, Silicon Valley vendía más que gadgets y software. En realidad, en cada objeto que cautivaba nuestro deseo se escondía un virus, una ideología. La retórica milenarista se aceleró con la llegada de la Web 2.0. "Estamos entrando en un nuevo mundo -se regodeaba el tecnogurú Kevin Kelly en la nota de tapa de la revista Wired de agosto de 2005-, impulsado no por la gracia de Dios sino por «la electricidad de la participación». Será un paraíso a medida, fabricado por los usuarios".
Como recuerda Carr, autor de libros como Superficiales, Atrapados y el más reciente Utopia Is Creepy, la panacea era la virtualidad, la reinvención y redención de la sociedad en código. Pero a medida que la Web maduró, estos sueños estallaron en mil pedazos. La Red terminó siendo más un shopping, un basurero de comentarios cargados de odio y un anfiteatro del yo que una comuna de iguales. En lugar de instaurar un mundo abierto e igualitario, promueve una cultura de la intolerancia. "Internet, prometían los tecnoevangelistas y millonarios de Silicon Valley, era la respuesta -señala el inglés Andrew Keen, autor de Digital Vertigo-. Pero a medida que conecta a todos y todo en el planeta queda en evidencia que se basa en una mentira. Nos dicen que es social, que crea comunidades. Pero en verdad hace lo contrario: nos aliena, separa a personas de diferentes opiniones y culturas. Las redes sociales son en realidad plataformas del yo: la más clara manifestación de esto es nuestra obsesión con las selfies, la forma cultural de Internet. En nuestras mentes, somos el centro del universo. Todo gira a nuestro alrededor".



En su libro The Internet Is Not the Answer, este emprendedor va más allá: "En vez de impulsar un Renacimiento, creó una cultura del voyeurismo y narcisismo. En lugar de hacernos felices, está agravando nuestra bronca. En lugar de generar más puestos de trabajo, la disrupción digital está haciendo colapsar a la prensa. En lugar de crear una mayor competencia, ha creado monstruos monopolistas como Google y Amazon. En lugar de crear transparencia, crea un panóptico de información y vigilancia como Facebook. Internet no es la respuesta: es en realidad la pregunta central en nuestro mundo conectado del siglo XXI".

Pulgares rotos

La presión escapa por las grietas del mundo feliz pintado por los caudillos digitales como Mark Zuckerberg y el Truman Show alentado por el llamado gadget journalism, extensión de campañas de marketing de empresas como Apple, que venden celulares y chiches como espejitos de colores. Se plasma también en series como Mr. Robot, Black Mirror y la sueca Real Humans o en A Moon Shaped Pool, el más reciente álbum de Radiohead.
Habitamos una distopía. Lo sentimos en nuestros pulgares, en nuestra falta de atención y en la necesidad de ser estimulados constantemente. ¿Esto era el futuro? Poco a poco, nos damos cuenta: las tecnologías nos transforman por fuera y por dentro.
La comunidad intelectual sintió también este cimbronazo. En los últimos 20 años, se fracturó en dos: los tecnofílicos por un lado y los tecnoescépticos por el otro. A través de eslogans pegadizos y con aire de frases de galletitas chinas de la fortuna, los primeros -Kevin Kelly, Clay Shirky, Nicholas Negroponte, Ray Kurzweil, Chris Anderson- difunden con una fe casi religiosa en la tecnología y una desconfianza igualmente ferviente en los seres humanos una visión utópica, una narrativa triunfalista de la Web que alienta el consumo desenfrenado y que empuja a miles a hacer colas para adquirir un teléfono que no necesitaban hasta que alguien les dijo que sí.
En cambio, los segundos, descendientes del sociólogo Lewis Mumford y Marshall McLuhan, van más allá de las apariencias tecnológicas, rascan la superficie para ver su verdadera cara. "Las computadoras y demás tecnologías son más que meras herramientas que operan en el mundo exterior -dice Nicholas Carr-. Nos modifican por dentro, alteran nuestras percepción del mundo y lo que el mundo significa para nosotros. Sucedió con el reloj mecánico que cambió nuestra forma de aprehender el tiempo. O con el mapa que alteró la forma en que pensamos".



En esta era de conectividad constante, estamos siendo moldeados por nuestro nuevo ecosistema informativo. Como tecnologías intelectuales, las computadoras, celulares y demás dispositivos son nuestras herramientas más íntimas, las que usamos para dar forma a la identidad personal, para cultivar nuestras relaciones con los demás. Al ofrecer una reducción de nuestra carga de trabajo, una vida mas cómoda, mayor confort, las tecnologías -automóviles autónomos, robots, pilotos automáticos en los aviones, el GPS, los mapas digitales, los buscadores, los algoritmos predictivos- nos vuelven más perezosos. "¿Y si el costo de tener máquinas que piensan es tener gente que no?", preguntó el historiador de la tecnología George Dyson.

La atrofia de la empatía

En 1989, el escritor J.G. Ballard dijo en una entrevista que se pensaba a sí mismo como un "escritor de precaución", alguien destinado a alarmar sobre los problemas que se avecinaban. Lo mismo se puede pensar de la ciberpsicóloga Sherry Turkle, la autodenominada oveja negra del MIT. "Estamos cada vez más conectados y al mismo tiempo más solos -dice la autora de The Second Self y Alone Together-. Las relaciones se redujeron a conexiones. Acudimos a nuestros teléfonos en lugar de a un semejante. Y eso ocurre porque los celulares nos conceden tres deseos: que siempre nos escucharán, que nunca estaremos solos y que nunca nos aburriremos. Ya no sabemos lo que estar solos con nuestros propios pensamientos".
En su último libro, Reclaiming Conversation, Turkle señala que las computadoras ofrecen la ilusión de compañía sin la demanda de la amistad o intimidad. "Corroen la empatía. Nos hemos olvidado lo que es conversar. O mirarnos cara a cara -dice-. La mera presencia de un celular sobre la mesa altera el contenido de una conversación. Mi argumento no es antitecnología. Sino comprender los profundos efectos que tiene sobre nosotros."



Además de instaurar una nueva sensibilidad, las tecnologías digitales forjan una nueva forma de ser en el mundo. Para el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, las redes sociales han transformado la esencia misma de la sociedad. Ha nacido una nueva masa: el "enjambre digital", formado de individuos aislados, incapaces de desarrollar un "nosotros" capaz de una acción común. El homo digitalis se indigna, teclea, silencia,unfollowea pero no hace. Se expone y solicita la atención y la validación del otro a través de corazoncitos y likes. Es un performer. "El smartphone hace las veces de un espejo digital para la nueva edición posinfantil del estadio del espejo -escribe en En el enjambre-. Abre un estadio narcisista, una esfera de lo imaginario, en la que yo me incluyo. A través del smartphone no habla el otro."
Libres de las máquinas de la era industrial, volvemos a ser explotados ahora por los artefactos digitales que transforman todo lugar y tiempo en trabajo. Ya no podemos escapar. "Se está perdiendo la convicción de que la tecnología debería servir a las personas. Ahora las personas sirven a la tecnología -señala Jaron Lanier, autor de No somos computadoras-. Ha llegado el momento de preguntarse: ¿estamos creando la utopía digital para las personas o para las máquinas?".

Hay que destruir la Red

"En el futuro, las personas no dedicarán tanto tiempo a hacer funcionar la tecnología porque no tendrá fisuras. Simplemente, estará allí. La Web lo será todo y, al mismo tiempo, no será nada. Si lo hacemos bien, creo que podemos solucionar todos los problemas del mundo". Las palabras del presidente ejecutivo de Google, Eric Schmidt, expresan lo que el escritor bielorruso Evgeny Morozov llama el "fetichismo solucionista", es decir, una convicción mística de que sólo la tecnología nos hará libres y mejorará todo (desde el crimen a la corrupción, la contaminación, la obesidad y la manera en que votamos). "¿Acaso necesitamos un robot para preparar un pavo relleno o asar un cordero?", se pregunta en La locura del solucionismo tecnológico.



En estos términos, Internet es inalcanzable. Y cuestionarla, una herejía. Por eso hay que faltarle el respeto. Bajarla del pedestal en el que la hemos puesto, dejar de verla -como proponen Kevin Kelly y Nicholas Negroponte- como una fuerza indomable de la naturaleza, un organismo emergente y autónomo, independiente de los humanos. Recién ahí, cuando la veamos como lo que es -la primera construcción global de la humanidad, una megamáquina capaz de achicar el mundo y escabullirse debajo de nuestra piel- podremos arreglarla. Y también, por un momento, desconectarnos, apagar las pantallas y atrevernos a decir "ahora no".


domingo, 29 de junio de 2014

Los Duendes que viven bajo las rocas en Islandia



Hace unas semanas, la construcción de una nueva carretera en Islandia tuvo que suspenderse mientras se encontraba una solución al problema de que la ruta planeada iba a importunar a los duendes o elfos que viven bajo las rocas.
Según dichos de Mark Tompkinson, cronista de la BBC en Islandia, es algo inexplicable pero real, a continuación les transcribimos fragmentos de su reportaje:
“Desde detrás de su escritorio en el departamento islandés de autopistas en Reikjavik, Petur Matthiasson me sonríe con calidez, pero también con firmeza.
"Permítame dejar algo muy claro desde el principio: yo no creo en duendes", declara ante los micrófonos de la BBC.

Levanto mis cejas e inclino mi cabeza en dirección a la pantalla de su computador donde están desplegados los planos de una nueva carretera en una ciudad vecina. Hay dos círculos amarillos; en uno se lee "Iglesia de los duendes" y en el otro, "Capilla de los duendes".



Matthiasson suspira.

"Ok", reconoce rendido. "Pero no es cosa de todos los días que desviemos autopistas debido a los duendes. Es sólo que en este caso, nos avisaron que había duendes viviendo en unas de las rocas que estaban en la ruta de la carretera y nosotros tenemos que respetar esa creencia".
Sonríe tímidamente y toma las llaves de su auto.

"Venga le muestro dónde viven los elfos", me dice con indulgencia.
El trabajo de construcción de la autopista para conectar a la península de Alftanes con un suburbio de la capital Reykjavik fue suspendido cuando unos activistas advirtieron que perturbaría el hábitat de los duendes y un área protegida de lava virgen.”



La capilla, (que aparece en la foto junto con Petur Matthiasson) es una roca serrada de unos 3,5 metros
El asunto se resolvió en parte cuando una mujer local quien asegura que puede hablar con los duendes, se ofreció de mediadora y los duendes acordaron que el camino podía ser construido con la condición de que su capilla fuera cuidadosamente trasladada a otro lugar

La autoridad encargada de las autopistas no reveló el costo de trasladar la roca pero informó que pesa 70 toneladas y tendrá que alquilar una grúa.
Las encuestas indican que más de la mitad de los islandeses creen en los Huldufolk -la gente escondida- o al menos piensan que es posible que exista.

Hay que aclarar que los duendes islandeses no son de la variedad verde, pequeña y de orejas puntiagudas que le ayudan a Papá Noel a guardar los regalos de Navidad. Son del mismo tamaño que un niño de 10 años, sólo que son invisibles para la mayoría de nosotros.



En general, son una raza pacífica pero si se les falta al respeto -por ejemplo, explotando dinamita en sus casas e iglesias de roca-, no tienen reparos en mostrar su descontento.

Volviendo a la nota de Tompkinson, nos refiere:

“Durante nuestro viaje en auto, Matthiasson me cuenta varias historias de cómo se sospecha que los duendes han causado daños en buldóceres y una serie de accidentes entre los trabajadores.
Al salir del auto en el lugar donde se encuentra la iglesia de los duendes, una despiadada ráfaga de aire helado me golpea la cara que me empuja hacia la volcánica roca negra.

El tosco paisaje islandés no es un idilio bucólico. La tierra misma hierve y escupe irracionalmente, las escarpadas montañas negras que la rodean se enconan amenazantes y, arriba, el cielo está constantemente herniado por el esfuerzo que hace para mantener flotando a las nubes de color gris plomo. Es una belleza visceral, cruda y brutal que hace que las Cumbre Borrascosas de Heathcliff parezcan una remilgada acuarela pastoral.



"Es imposible vivir en este paisaje y no creer en la existencia de una fuerza más grande que uno", le explica a la BBC la experta en folklore de Islandia Adalheidur Gudmundsdottir.
Y me implora: "Por favor, no pinte a los islandeses como unos campesinos sin educación que creen en hadas, pero mire a su alrededor y entenderá la razón de que el folklore esté tan arraigado aquí".
Es además un fuerte atractivo turístico, por supuesto.

En el camino principal del aeropuerto a la ciudad, los carteles que dicen "Aquí viven duendes" tratan de atraer a los fantasiosos para que se gasten unos dólares en visitas a aldeas de elfos, un CD de música mística o, para los menos -o quizás más- fantasiosos, una camiseta que dice "Yo tuve relaciones sexuales con un duende en Islandia".



Existe incluso una escuela de duendes en la capital, en la que diligentemente me inscribí.
Magnus, el director, es un tipo rotundo y exuberante que se comió grandes cantidades de cereal durante mi lección privada. Desafortunadamente para él, nunca ha podido ver un elfo pero sí tiene una vieja olla que aparente fue usada en una cocina de duendes para hacer estofados antes de que el fondo se oxidara.
Sus ojos brillaban de una manera tan malvada durante toda la clase que al final le pregunté si él mismo no era una especie de hada malévola.



Con Petur Matthiasson llegamos a la cima de la roca que supuestamente es la capilla de los duendes. La reviso con detenimiento pero, aparte de uno o dos insectos buscando refugio en sus ranuras tapizadas de musgo, no veo señales de vida, ni mitológica ni de otra clase.

Matthiasson me mira con perspicacia.
"Le podría contar sobre la duende de mi familia", dice tentativamente. Lo animo a que continúe con su cuento y me entero de que su familia tenía una elfina que los protegía y les traía buena fortuna en las tierras salvajes del norte del país.

Cuando alguna vez se fue a un paseo en un área aislada, su padre le pidió que fuera a presentarle sus respetos y agradecerle.
"Pero como no creo en duendes, se me olvidó", dice. A pesar de que el cielo había estado nublado y había llovido, al día siguiente se levantó con el cuerpo cubierto en ampollas de lo que parecía ser una quemadura de Sol.



Al voltear para enfrentar las ráfagas de viento, nuestras miradas se cruzan. Ambos tenemos una mano agarrada a la roca con la desesperación de tahúres aferrados a un amuleto. Luego, caminamos en dirección al auto en esa complicidad complaciente de sabernos casi no creyentes… casi…”

Consultado en los últimos días sobre si le había sorprendido la repercusión de su nota, Tompkinson nos refiere:
“Lo que más me ha sorprendido en los últimos tiempos no fue el éxito de la nota, sino como han crecido exuberantemente todas las plantas de mi casa, habiéndolas abandonado en su mayoría resecas al partir hacia Islandia, y sin que ninguno de mis amigos se haya encargado de cuidar en mi ausencia… Parece como si unos duendes agradecidos las hubieran revivido para mí…”

sábado, 12 de octubre de 2013

Los animales mas extraños del mundo


Todos los animales son únicos y especiales, aunque hay algunos que encontramos más lindos y otros mas cachirulos. Les gusten  o no, hemos realizado una especial selección de los que, a nuestro criterio, serían los 10 animales más raros del mundo, bien por su tamaño, forma, pelaje o alguna otra característica que los hacen más llamativos.





1. Murciélago Yoda: Fue descubierto en 2009 en Papúa, Nueva Guinea, y aún no tiene nombre oficial, aunque su apodo no le queda nada mal, dado su parecido con el pequeño instructor Jedi. Su nariz nos parece especialmente llamativa, pero es muy útil, ya que después de alimentarse de frutas, dispersa las semillas en diferentes zonas de la selva. De esta forma despista a sus predadores.





2. Cangrejo Yeti: Descubierto en 2005, y nombre científico es kiwa hirsutaeste. Este lanudo cangrejo habita las oscuras y profundas aguas del Pacífico sur. No tiene ojos y es omnívoro. Aún no se sabe para qué son los filamentos de sus extremidades, aunque se cree que es para atrapar su comida.




3. Pez Bruja: También llamado Mixino, es digno de un cuento de terror, este extraño pez sin ojos se adhiere a otros animales marinos que se le acercan para luego provocarle una herida con sumo cuidado y penetrar en su cuerpo. Una vez dentro del cuerpo de la víctima, los mixinos comienzan a devorar a la presa desde adentro hacia afuera.





4. Jerbo de Orejas Largas: Este tierno roedor, no alcanza a medir 10 centímetros, pero tiene las orejas más grandes del reino animal (en comparación a su cuerpo). Se alimentan principalmente de pequeños insectos e invertebrados y además tienen una sorprendente capacidad para dar saltos de gran altura.





5. El Kiwi: El kiwi es un triste ave sin alas, llamado igual que la deliciosa fruta tropical. Por la falta de alas, no puede volar, y para compensar la impotencia de la falta del vuelo, el Kiwi es un animal violento y temperamental. Aunque parezca mentira, es capáz de arrancarnos un ojo a picotazos con ese pico chistoso que tiene. Una cosa graciosa, es que los kiwis ponen huevos enormes en comparación de su tamaño, y los papás los incuban, mientras las hembras buscan alimentos. 



6. Pelicano Picozapato: Esta ave con forma de pelicano popularmente conocida como picozapato (Balaeniceps rex) es una de las más extrañas en su tipo y habita las zonas tropicales del este africano, en las tierras de Sudán y Zambia. Lo particular de estas aves es que, además de tener esa extraña forma de zapato en su pico, son una de las más altas del mundo y llegan a medir más de 1 metro de largo. Se caracterizan por ser muy solitarias y silenciosas. Se alimentan de peces, ranas, reptiles pequeños y diferentes mamíferos.



7. Lagarto con Gorgera: Todos recordamos esta extraña criatura tras su aparición en Jurassic Park. Es que justamente, el clamidosaurio de King (Chlamydosaurus kingii), mejor conocido como el lagarto con gorgera, es una especie de lagarto agámido que parece salido del período jurásico. El lagarto con gorgera se caracteriza por esa extraña capa de piel, cartílago y espinas alrededor de su cuello, la cual se alza cuando se siente amenazado. Habita en diferentes zonas de Australia y también al sur de Nueva Guinea, donde se alimenta de insectos y diferentes especies de pequeños invertebrados.




8. Gusano del Diablo:  El Halicephalobus Mephisto, bautizado por sus descubridores como “El gusano del Diablo”, mide medio milímetro, se alimenta de bacterias, se reproduce de manera asexual, y puede habitar a 1,3 kilómetros de profundidad, con una temperatura de 37 °C (provocada por la cercanía del macma subterráneo. Este habitante de las profundidades de la tierra fue descubierto en la mina de oro de Beatrix, en Sudáfrica, y posee una dentadura proboscídea capaz de atravesar la piedra.




9. Dugongo: El Dugongo (Dugong dugon) es el sirenio actual de tamaño más pequeño y el único representante de su género, y el único miembro sobreviviente de la familia Dugongidae, que incluía también a la vaca marina de Steller. Además del tamaño menor (3 metros de longitud y 200 kilos de peso) se diferencia de los manatíes en la forma bilobulada de su aleta caudal, semejante a la de un cetáceo, la presencia de restos rudimentarios de las extremidades posteriores en el esqueleto (no visibles desde el exterior), su pelvis más primitiva y su peculiar dentición. Los adultos carecen de molares y usan unas placas córneas para triturar el alimento; además de ello, los machos presentan un par de incisivos salientes análogos a los de los elefantes.





10. Tortuga Matamata: Tiene un caparazón marrón o negruzco de 45 cm de largo. El plastrón es estrecho, angosto, recortado adelante y marcadamente echado hacia atrás y en el macho es cóncavo.La cabeza es triangular, aplanada y alargada. Tiene numerosas protuberancias en la piel. Tiene dos bigotes y dos filamentos adicionales en el mentón. El hocico es alargado y tubiforme. La mandíbula superior no es ni curva ni recortada. El cuello es aplanado y bastante largo, más que la columna vertebral dentro del caparazón, y tienen a ambos lados salientes que le dan aspecto de sierra. Cabeza, cuello, patas y cola son de color marrón grisáceo en los adultos. Cada pata delantera tiene cinco garras com membranas natatorias. Las colas de los machos son más gruesas y largas.